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Creí haber dejado de sentir

¿Qué te diría si te dijera algo?
¿Por qué fantaseo contigo?
Me gusta merodear por el imaginario. Crear un personaje que seguro que no eres, porque el ideal rara vez se parece a lo real.
Y te imagino susurrándome con tu voz grave poemas al oído. Y solo pensarlo me eriza la piel. Y me apetece jugar a verterte fonemas en los labios, fonemas sordos. Uno a uno, cálidos, o tibios como el aliento de mi deseo.
Me apetece jugar a la vida. Me apetece vivirme contigo. Un rato. Lento, suave. Dejar que te aproximes despacio. Que me acaricies con la mirada. Primero con la mirada. Y luego con la voz… hasta dejar que me toque tu susurro.
Tengo miedo porque siento la atracción. Eres magnético, como una serpiente. Sin mirar fijo a los ojos, solo con la voz y con el cuerpo te colocas estratégicamente para que pueda verte, para que pueda desearte. Te encojes y te retuerces. Callas y preguntas. Juegas al verbo sin esperar siquiera una respuesta.
Y no sé nada más. Solo quiero escuchar. Perderme en el sonido de tu voz. No me importa lo que dices, solo los fonemas aislados, los grabes y los agudos. La monotonía de tu carencia. Y, de vez en cuando, una mirada furtiva.
Deseo que me toques, que me roces con los dedos, suavemente, como los sonidos. Te imagino abrazando mi espalda. Sosteniéndome con la fuerza que te queda. Y bebiendo de mi pecho, buscando un tesoro escondido.
No, no soy ella. Soy otro cuerpo. Un cuerpo distinto. Un cuerpo viejo, lento y hermoso. No soy ella. Soy otra voz, otras palabras, otros gestos. No la busques, no la encontrarás aquí. Sumérgete en mi desierto.
Recorre con la atención de un niño cada recodo, cada detalle. Observa mi cuerpo, mi piel, mi olor. Yo haré lo mismo. Me fundiré lento con tu aroma, mezcla de almizcle y melocotón.
Y es como si te conociera, pero no te conozco. Es como si me conociera, pero no me conozco.
Y juego a adivinarnos en la penumbra de un cuarto extraño.
Sujeto con fuerza tu pelo mientras te cabalgo lenta. Muerdo tu cuello hinchado, espejo de tu polla erecta y firme. Y me detengo a escuchar tu respiración entrecortada, jadeante y espesa. Magmas antiguos de deseos muertos, brotan de entre los poros yermos, con el verde vivo de lo que nunca acaba porque es eterno.
Y te sé sumido en el recuerdo, cuando una lágrima recorre mi mano abierta. Temblorosa, me despido, como quien ha descubierto de nuevo la nieve asada, el fuego infinito de lo que no termina. El sabor amargo de otros besos. El cáliz rojo de la envidia.

Me olvidé por un instante de mi miedo, de mi dolor, de mi angustia. Y, sea como sea, me sanó la herida. Un poco. 473 palabras. Medicina. Fantasía y deseo. Vuelta a la vida. Lento. Muy lento. Vuelta a la vida…

El úLtiMo FiN

Pregunté a las aguas y me dieron tu nombre.
Suave, en un susurro húmedo.

Ondas rozando mis labios abiertos
en aguas rotas que alumbran imaginarios.
Mi imaginario, 
tu imaginario, 
su imaginario, 
nuestro imaginario.

Ondinas glaciares,
azul infinito
secretos.

Secretos a voces.





DeSdE eL JaRdíN

Ella apareció sin ser llamada.
Era costumbre entre la especie germinar y florecer con brevedad.
Buscar un pedazo de tierra en el que yacer y comenzar de nuevo el ciclo,
alternando tiempos cortos de barbecho y siembra.
Cada flor conocía el momento exacto, y, como fuegos artificiales sincronizaban su danza en la tierra fértil.
Cada florecer era una nueva vida, corta e intensa.
Un despertar al mundo con ojos nuevos. Florecer en nombre de la belleza, siguiendo el ritmo que marca el pulso del amor.
Pero ella era diferente.
Su tallo móvil le permitía desplazarse por la tierra, trepar a los árboles y sumergirse en las aguas.
Nunca antes habían visto algo así. No se marchitaba tan rápido y su luz se mantenía en el tiempo como una antorcha ingrávida.
Pronto observaron algo peculiar en su comportamiento.
Ella giraba leyendo en cada florecer la partitura de colores que las hacía únicas.
Comenzó el juego que les condujo al espacio del no tiempo, entre melodías cromáticas, hasta que, de pronto ella se detuvo.
El viento fue descomponiendo su silueta congelada en partículas cristalinas que volaban, como estrellas, hacia el infinito.

Siguieron floreciendo. Era costumbre entre la especie germinar y florecer con brevedad al ritmo que marca el pulso del amor.

FloReS

Roja como un corazón, caminaba recogiendo flores entre el verde.
Flores con formas exóticas: fucsias, amarillas y azules.
Flores de trenza, rizadas y bermejas.
Flores sutiles y  aromáticas.
De pronto descubrió flores nuevas, únicas, nunca vistas.
Flores que se abrían y al momento se convertían en aire.
Flores que dibujaban ante sus ojos bellezas efímeras.
Atenta, la mirada sabía reconocer el sendero a través de las ramas
siguiendo las luces titilantes de aquella maravilla.
A veces tenía que cambiar la perspectiva, tumbarse en el suelo y voltear la cabeza.
Otras veces era preciso colgarse de la rama de un árbol para seguir el rastro de aquella especie peculiar.
Era tan rara su lindeza, tan sutil y tan breve que se esfumaba entre las manos si intentaba conservarla.
Contemplaba la nueva especie con una vaga sensación de nostalgia, con el vértigo que produce el vacío del hedonismo.
El tiempo se detuvo mientras contemplaba absorta aquel campo que florecía rítmicamente.

Solo existía el presente. El presente como regalo.

Poco después estalló el reloj de arena,
la imagen le congeló la retina
y despertó empapada en color,
sola, entre las sábanas blancas.